quinta-feira, 13 de outubro de 2011

EL PODER DE LA PALABRA

Yo creo lo que me dices. Creo también lo que otros me dicen… o no me lo creo. Eso es un asunto mío. Pero de lo que no tengo ninguna duda, en cualquiera de los casos, es que la palabra tiene poder, tiene el poder. Hay algunas de ellas que matan o hieren, diciendo la verdad. Otras hacen eso mismo con la mentira por bandera. Hay algunas que son dulces como caramelos de miel, que sanan, que dan la vida, que resucitan a un muerto, a muchos muertos. Otras, sin embargo, envenenan ríos de convivencia o asesinan hermandades seculares… La palabra, las palabras, tienen esa fuerza. A través de ellas los hombres, agrupados en sectas torpes y egoístas, expresan sus sentimientos más primitivos, sus anhelos, sus viajes, sus sueños o pesadillas. Pero todos nosotros, mamíferos bípedos, más o menos erectos, somos tan solo instrumentos, herramientas de ellas. Es así de cruel. Únicamente de esta forma puedo explicarlo. ¿De que otro modo debo pensar? Si a veces, una descoordinación motora, hace a la lengua más rápida que la neurona… O esa misma célula de alta alcurnia grisácea, no cumple su función, afectada por un simple tinto de verano o una inocente “caipirinha”... ¿Qué tendría que decir? Si algunas de ellas, ni nos necesitan. Solo al pronunciarlas, nos superan, casi nos humillan con su grandeza, haciéndonos sentir insignificantes. Así, al soltar por la boca o escribir: mar, fuego, cielo, sol o amor, vemos como ellas aparecen con todo su poderío y nos ciegan, nos abrasan, nos ahogan o nos vuelven locos, hipnotizándonos aunque sean dichas en voz baja. Ellas tienen vida propia, nos poseen y usan, donde y como quieren. Y cuando ya no servimos más, en un acto refinado de perversión, nos abandonan y dejan tirado nuestro quebradizo cuerpo mortal, para reencarnarse en otros seres jóvenes y lozanos, almas puras. En ellos adquieren nuevas dimensiones, haciendo piruetas y experimentos para nombrar y crear conceptos o repetir aquellos viejos en desuso, siempre a su antojo; cual piratas del caribe sedientos de aventuras o caprichosos adolescentes irresponsables, para de este modo perpetuarse en esos diamantes llenos de vida; como el agua pura de una fuente mágica; como el fuego del mítico volcán, las olas incesantes del viejo mar o el viento de levante; o tal vez, ¿porqué no?, como la palabra de Dios.

JCARLOSGREY@hotmail.com

JUAN-CARLOS LOZANO GUZMÁN

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