segunda-feira, 10 de outubro de 2011

LOS CORAZONES


Se despertó de la pesadilla algo más agitado que de costumbre. La ventana, herméticamente cerrada, no dejaba entrar ni un rayo de luz ni salir una gota de aire. Por eso luchó titánicamente para situarse, buscar la lámpara y, de una vez por todas, saber que tenía agarrado en su mano. El radio reloj, con unos pequeños números rojos, parecía ser la única colaboración con la que contaba desde hace tiempo. Números rojos impasibles y crueles que iban murmurando y tiñendo la mortecina atmósfera de su habitación en una cuenta atrás sin fin. Aquel cuarto parecía más bien la antesala del averno o un burdel húngaro en invierno. Nadie recordaba que en aquella humilde pensión del puerto, décadas atrás, familias enteras pernoctaban antes de coger el tren que los llevaría a la lejana vendimia francesa.

Con cuidado encendió la luz de su destartalada mesita de noche y entendió que algo no marchaba bien, o mejor dicho, algo marchaba peor que de costumbre. Las sábanas estaban manchadas con un fluido rojo y viscoso, parecía sangre. Era sangre.Una sangre oscura, densa. Y en su mano izquierda su puño apretaba aquello que, a veces, quería… como palpitar. Tuvo miedo pero acercó solemnemente aquella cosa a su cara y tomándola con las dos manos, sentado todavía en su cama, se acercó hacia la luz. Era un corazón… parecía un corazón. Quiso hacer memoria del reciente sueño siniestro pero este ya se había escapado de su maltratada mente. Desnudo, descalzo, se precipitó hacia el resbaladizo y viejo cuarto de baño. Gotas rojas marcaron lacónicamente ese triste camino. Se miró los ojos en el espejo y no se reconoció. Volvió a observar el corazón entre sus dedos y gritó enloquecido el nombre de su mujer aunque sabía que el corazón que se desangraba era el suyo.

jcarlosgrey@hotmail.com

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