quarta-feira, 16 de novembro de 2011

EL LANCERO NEGRO

                                                                  Pelotas 28/11/2008




Sí, yo soy un lancero negro. Uno de "aquellos lanceros negros"...!

Esa era la respuesta serena y esperada para la pregunta temblorosa de aquel "alemán" de la colonia, accidentado en el barranco de los porongos que, a duras penas, si podía aguantar el dolor ni pronunciar dos palabras seguidas sin sentir como la sangre se le escapaba de sus heridas.

Sus ojos gastados parecieron transmitir mucho más de lo que dijo en aquellas breves palabras que resonaron como truenos y fueron llevadas por el viento hasta más allá del horizonte pampeano, en busca de un sol que huía; su sonrisa se fue diluyendo entre la niebla del barranco; y su tez morena, maltratada por los fríos amaneceres, confundiéndose entre las sombras de los matorrales. Poco después su imagen se agrandó junto a una hoguera, el lancero terminaba de cebar un amargo... para ofrecérselo al herido, a la vez que lo tapaba con una confortable manta. Las tintineantes brasas se iban escapando para el oscuro cielo como haciendo parte del firmamento, rumbo al cruceiro, mientras el frío se iba adueñando de la tierra. Otro mate y un pañuelo húmedo limpiando su rostro ensangrentado fue lo último que Roberto recordaba antes de ver como aquellas luces tintineantes se movían a pares, parpadeaban cerca de él,... y sonreían, para después alejarse silenciosamente. Eran muchos más, eran unos centenares, eran ellos... estaban allí junto a él. Eran los lanceros.

En la mañana siguiente, aquel malherido transportista de verduras se despertó junto a la cuneta de la carretera por donde había caído. Estaba bien acomodado junto a una “figueira” vieja. El rastro de la frenada se podía ver claramente en el gastado asfalto y en el nuevo velo blanco de la helada. El sol apareció fugazmente entre la bruma, desde el lugar contrario, como con amnesia de su cobarde atardecer y desde su improvisado lecho, aquel mozo de 33 años natural de Canguçu, vió al fondo del barranco su vieja furgoneta azul. Parecía destrozada junto a la carga vegetal y con las cajas multicolores esparcidas en torno de ella... Al lado, numerosos hombres, con viejos ponchos grises y unas caras tristes, enarbolando las pesadas e inútiles lanzas farropilhas con el desencanto de quienes fueron victimas de la traición y el olvido, apagaban los rescoldos de aquellas hogueras, sin prisa alguna y se confundían con el horizonte utópico y mítico de La Pampa.

Poco después llegaron varios coches, pararon con violencia junto a el herido. Gritaron, lo zarandearon y pidieron ayuda con sus teléfonos móviles y en pocos minutos el ruido de sirenas se hizo presente en el local. La policía llegó y señalizó aquella curva maldita. La ambulancia por poco no cayó también al barranco y los enfermeros se esmeraron en atender a Roberto que, en estado lastimoso, no podía ni contestar a las inconvenientes preguntas de todos. Varios niños que salieron de los coches para hacer un pis, y aprovechar la parada, miraban como hipnotizados al fondo de la ladera, hacia la furgoneta y parecían ver algo más que el resto de la gente que se agolpaba para ver las secuelas del accidente. Aquellos rapaces saludaban de forma extraña al vacío y Roberto, imitándolos, juntó sus últimas fuerzas para derramar de sus labios un último y sincero adiós... Una lágrima de impotencia fue la última gota de expresión del rubicundo ensangrentado que cayó exhausto en la hamaca mientras era introducido dentro de la ruidosa ambulancia.

Los policías recogieron los efectos personales del herido y los metieron en una bolsa. Eran pocas cosas, una cuia, una bombilla de plata, un pañuelo rojo lleno de sangre seca y un poncho viejo, muy viejo y gastado y rasgado, con señales de haber sido baleado... Entre ellos comentaron:

- No sé como ha podido resistir a esta noche tan fría... menos mal que tenía el mate... y el poncho. Este, es de los antiguos.... calienta de verdad. Este viejo poncho le ha salvado la vida.

- Ya..., pero lo que no entiendo es como pudo subir la cuesta con esa vegetación y con las dos piernas quebradas... No es tan fácil salir vivo del barranco de los Porongos. Además la “cuia” estaba todavía caliente y la bomba de plata es vieja, muy vieja… ¿Has visto la fecha que tiene?

28 de novembro de 1844.



                                                                              J. Carlos Grey





Um comentário:

Felipe Vargas disse...

Después de luchar durante diez años, no por dinero o impuestos, sino por la libertad, el noviembre de 1844 se traicionó miserablemente episodio más vergonzoso en esa guerra, conocida como “O Massacre de Porongos”. Desarmado por su comandante Canabarro, estos hombres fueron entregados a traición a la muerte en una emboscada. Un gran cobardía que no hay reparación.

Abrazo Maestro, Vargas.