CUENTOS para SONREIR


EL PESCADITO FRITO




Manolo era un alegre pececillo del mediterráneo occidental. No llegaba a ser un pez. Él era pececito pequeñito; Alevín; Inmaduro. Solo llegaba a eso, a la categoría mínima, a “pezqueñín”. Gracias a su infame tamaño no era todavía blanco de las miradas predadoras de los numerosos peligros del mar, ni de los curtidos pescadores del estrecho de Gibraltar. Si no fuese porque siempre estaba acompañado de su gran banda, apenas si aparecería en la pantalla del sonar más avanzado. Desde que nació se sintió libre... Sus padres no estaban en casa cuando él nació. Ellos estaban ocupados trabajando, y lo dejaron colgadito en un alga para que naciese solito. Eso se llama confianza... ¡Ale, a nacer tú solo...! Nunca se los reprochó, pero realmente le hubiera gustado conocerlos. Quien sabe, quizás algún día...

Lo que pasa es que los peces no son mamíferos, y eso del calor de una madre, en el fondo del mar, apenas si tiene sentido. Además enseguida se encontró con la banda. Eran amigos, hermanos, colegas. Era el paraíso submarino. Un despelote, una confusión una juerga continua un maremagnum maravilloso, con caballitos de mar, medusas fluorescentes y restos de antiguos naufragios. Tenía una visión privilegiada de las cacerías y los juegos de los simpáticos y locos delfines. Hasta se daba el lujo de acompañar a los temidos y terribles tiburones sin preocuparse demasiado. Él era chico de más para ser tenido en cuenta. Sí le daban miedo, los pulpos y los calamares. Uff, Manolo ya había visto como muchos de sus compañeros habían sido devorados cruelmente por esos hábiles asesinos. Esos octópodos eran especialistas en el camuflaje y despiadados con todas las presas que pasaban cerca de ellos. Podían comerse a sus propias crías. Hace algunas semanas, un amigo suyo, David, que se encontraba muy cerca de él, se vio atrapado por un calamar. Fue de sorpresa. El molusco cambiaba de color como si fuese una feria y con sus tentáculos arrancó violentamente a su compañero que mordisqueaba distraído, unas suculentas algas. David no sabía que era aquello y forcejeaba con todas sus fuerzas para liberarse. Pero era imposible y pasó de la seguridad incontestable del gran bando de peces, a ser devorado vivo, a ser el único convidado a una cena, donde él mismo era el menú. Sus ojos, su expresión de incredulidad, de espanto, hasta que el calamar, parsimoniosamente engulló su cabeza y sus ojos desaparecieron entre aquel nudo de tentáculos gomosos, no fueron olvidados por Manolo. Y lo peor, era recordar aquel ojo grande y amenazador del calamar, cuando se comía a su amigo. Decía algo telepáticamente. lo miraba fijamente, queriéndolo hipnotizar, y proponiéndole: “Espérame un poco, que el próximo vas a ser tú”. Él salió huyendo del lugar como si lo persiguiesen todos los calamares y pulpos de todos los mares, y juró no aparecer más por aquel lugar maldito.

Pero Manolo no era un tipo deprimido, esos pensamientos apenas si le duraron una parte del día. El luto pasó rápido. Y los siguientes días y noches de luna llena, sirvieron para olvidar su tristeza por la pérdida de aquel desgraciado colega: “Hay que estar más atento, pensó...” Y enseguida comenzó su rutina de marcha y fiesta, con la banda de siempre, que por cierto, él notó desde aquel día que era algo menor. Seguramente era una impresión suya. También habría otros bosques de algas en diferentes latitudes, que él también debería procurar. Sería bueno un cambio de aires, bueno más bien de aguas... Pero su impresión era que efectivamente, ya no era como antes, cuando ellos parecían una nube negra imponente e invulnerable, que contrastaba con las cristalinas aguas del mar antiguo, como si fuesen un monstruo con vida propia y movimientos sincronizados. Esa sensación era de absoluta protección. Y ahora descubrió, que no era tan así. Que por los laterales y la parte inferior de aquella masa compacta, otros peces más grandes, atunes o los propios delfines, entraban con violencia para morder y matar... Fue una pesadilla: “Que bueno es no saber de nada. Cuanto más conozco, más miedo tengo, mas inseguridad hay. ¡No quiero crecer! Se decía Manolo, mientras se protegía junto a unos corales, al parecer, inofensivos.

Comer huevecillos sabrosos, o delicadas algas, o un cóctel de animalillos microscópicos, se convirtió en su pasión diaria. ¿La gula es pecado, de verdad? ¿Y su deporte? Pues, saltar fuera del agua como los delfines. Cuando lo intentó por primera vez fue por estrés, por miedo. Subía hacia la superficie y se sintió perseguido. Era mentira, pero aumentó la velocidad y no supo cómo ni cuándo pero comenzó a volar... Que boooonitooooooooo. Ese primer vuelo fue inolvidable. Mágico. Lindo. Hermoso. Y eterno, porque siempre estaría grabado en su memoria. Cuando de nuevo cayó sobre el espejo del mar Manolo se sintió casi preso. No es exactamente esa la expresión... Pero le hubiese gustado seguir volando durante horas. Esos escasos segundos eran muy poco para él. Y saltar varias veces requería un esfuerzo impresionante. Pero bueno, descubierto ya el truquillo, había que aprovecharlo. La técnica era salir desde no mucha profundidad, batiendo bien la aleta caudal y tomar fuerza hasta que el agua acabase. Hasta que aquel espejo luminoso que tapaba su mundo, se rompiese en mil gotitas de agua salada, y explotasen mil arcos iris, también salados. Ese momento de vuelo, de libertad fue repetido tantas veces y veces, como días y días. Era tan hermoso, tan confortante sentir el sol, aquel Dios dorado acariciar sus escamas. Era tan hermoso sentir el viento, el olor de la tierra, de la superficie del mar, de los hombres... Ver todo desde arriba y sumergirse de nuevo... Cada día, junto con algunos compañeros parecía saltar más alto, se confundía a veces con los pájaros. Algunas de estas aves, se bañaban junto a ellos. También se precipitaban desde los cielos hacia el mar, como flechas. Hacían el recorrido inverso, del cielo al mar, del aire al agua. Eran gaviotas, alguno de los colegas gritó. ¡Cuidado gaviotas! Eran eso, gaviotas. Y una de ellas llevaba a Federico en el pico. Su amigo Federico parecía íntimo de aquel pajarraco. Estaba como jugando, pero de una forma rara, estaba como jodido. Manolo, se quedó de piedra... Los ojos de su amigo le recordaron a los de David, cuando fue devorado por aquel puto calamar... El calamar, los octópodos...El miedo le recorrió las escamas, desde las barbitas a la aleta caudal. Pulpos, calamares y ahora estas escandalosas gaviotas... Los ojos de su amigo le dijeron un lastimoso adiós. El fuerte pico de aquel plumífero le quebró el espinazo a Fede y la gaviota miró a Manolo mientras engullía orgullosa el cuerpo tembloroso del amigo, como diciéndole telepáticamente: “Espera un poco pececillo, que ahora te toca a ti...” Manolo, se acojonó. Se cagó, aleta caudal abajo. Y rápidamente huyó hacia las profundidades, hacia la oscuridad. Y mientras huía asustado, veía como los pájaros seguían entrando en el agua como torpedos, como flechas con estelas de burbujas. Pasaban bien cerca de él, casi rozándolo. Y conseguían atrapar a sus amigos. El seguía teniendo suerte de momento, si conseguía llegar a los corales y no moría de un infarto. Y gritaba tímidamente, pues la mayoría de los peces no son escandalosos: Jibias, calamares, pulpos, los peces grandotes y ahora estos pajaritos de mierda, todos comiéndonos vivos... ¡Son unos bestias, unos animales! Que injusta es la vida con los pescaditos.

Mientras seguía camino de la protectora selva de animalillos calcáreos, se encontró con una barrera. Algo fino lo paraba y le impedía seguir tomando metros de profundidad. Casi se corta la cara. El choque le hizo perder algunas escamas. Así que tuvo que pararse y ponerse a pensar. Pensar, ese verbo odioso. Pensar, trabajar, pelear, dominar, sustentar, soportar... los verbos de la primera eran estúpidos. Dormir, comer... Bueno el caso es que Manolo tuvo que pararse y analizar una situación general de incertidumbre. Pues otros peces estaban igual de asustados y sorprendidos que él. Uno de los viejos se lo dijo al pasar junto a él. Mostraba una fea herida, que le había seccionado una aleta: “Cuidado es una red nueva, de las coreanas. No se ven hasta que estás dentro de ella y te están llevando...”

Muy pronto, Manolo se vio acompañado por un montón de pescados de diferentes tamaños y colores. Sardinas, jureles, brótolas, anguilas, gambas, quisquillas... uyyyyyy !Qué miedo, un calamar! Uyyy Que miedo, también un pulpo! ¿Pero esto qué es? Que sustooooooo!!!! Exclamó Manolo, harto de día y de mar. ? ¿Es que no me van a dejar tranquilo, hostias? Pero el calamar y el resto de los peces no estaban de fiesta. Aquello era algo bien diferente. El calamar no lo miraba con ojos de asesino. Sus ojos inteligentes derramaban lágrimas inteligentes, de calamar inteligente, lágrimas de miedo. Unos ojos que decían telepáticamente, algo así como: “A mí también me tocó, también estoy fastidiado”.

Manolo procuró no perder la calma. De momento la idea era no ser atropellado y esquivar los ataques alocados de peces estresados, como los pargos jóvenes que pagaban su rabia con los demás, mordiendo a diestro y siniestro. En la red también se podía ser elegante, ceder el paso y no fastidiar al prójimo. “Cuanta mala educación hay en este mundo, submarino”, pensó. Pero antes de tomarle el gusto a aquella situación, él se sintió apenas sin espacio vital, apretujado entre dos sardinas. Estaba en medio de una plateada carga, dentro de una red “made in korea” con una carga temblorosa de peces y que era izada mecánicamente hacia la superficie. Eso era una red, pero por dentro. Que agobio, que locura, que estrés. “¡Que paren este mundo que me quiero bajar!”, decía Manolo, mientras pasaba de estar abrazado por sardinas, a estar mordido por un locuelo jurel que además parecía cariñoso de más. El jurel pedía calma y repartía besos y abrazos a todos, hasta que uno de los pargos se lo zampó. La situación en la red era insostenible. Asquerosa. Carente de ética y razón. Ya había visto alguna red por fuera, pero esto no se lo podía imaginar. Estaban todos apretujados y encima los hombres del barco aquel, estaban sacándolos del agua. Todos los peces parecían ahogarse, estaban vomitando agua y algas. Algunos murieron aplastados y otros de la propia violencia y los golpes contra el casco del pesquero ibérico. Pero la polea no se detenía y seguía inexorable su captura. Los pescadores, con sus rostros marcados por el frío, el salitre y el sol, reían como si fuese una fiesta. Algunos de ellos fumaban cigarros que les hacían reír más aún. Eran cigarrillos especiales. Solo esa era la explicación, para que estuviesen riéndose en un momento tan cruel, los cigarrillos aquellos y muy mala leche.

Sus amigos de fin de semana, sus compañeros de juegos y meriendas, sus enemigos también, todos estaban atrapados en aquel infernal invento que les cortaba el aire, las escamas, la vida. Los peces parecían inflamarse, a punto de reventar, por una sobredosis de oxígeno. Y cuando él estaba a punto de perder la consciencia... sintió un fuerte golpe en el cogote. ¡Alehop! Fue separado violentamente de la masa de pescado y llevado por los aires. ¿Un ángel? No, era una gaviota. Y se lo fue llevando, hacia las nubes, mirándolo con sus ojos asesinos. Manolo pensó: “Mejor así, si hay que morirse, mejor practicando algún hobby...” Pero la gaviota no estaba acostumbrada al hedor de aquellos cigarrillos hábilmente mezclados con marihuana, y no estaba ese día con reflejos, así que dejó de apretar el cogote de Manolo para cambiar de posición y engullirlo mejor... Y a la gaviota se le escapó nuestro pececito. Que cayó desde las nubes al agua como un especialista olímpico. Era una flecha de plata huyendo y entrando en el agua, mientras era perseguido por un grupo escandaloso de voraces gaviotas. Después del chapuzón, el silencio. Procuró recuperarse de todo aquello y seguir camino hacia el coral.

Durante tres días y tres noches, Manolo no quiso hablar con nadie. Estaba deprimido y cagado, o cagado y deprimido. No sabía bien el orden de los factores. Pero no se movía del coral ni para hacer sus necesidades primarias. Una vez superado ese tiempo tomó una determinación: encarar su situación de pececito huérfano y sin banda, pues después del episodio aquel de la red, no se veían apenas pescados en la zona. Y decidió salir a la búsqueda de sobrevivientes. Así, con cautela, salió del protector coral y se fue dirigiendo hacia la costa. Fue en la dirección norte, para donde se refugiaban los barcos de los pescadores los días de temporal. Y efectivamente allí estaban ellos, allí estaban los hombres. La ciudad de la costa, el puerto. Estaban con menos ropa, más distendidos, más amables. Jugaban en la arena con sus crías, con sus niños. Leían hojas de diarios y revistas que él también gustaba ojear cuando llegaban al mar. También estaban sujetando en la orilla, palos de madera. Todo era bien calmo, bien tranquilo. Había una musiquilla ambiente que procedía de una construcción, donde ellos bebían agüita amarilla. Encontró a amigos suyos que estaban comiendo cerca del rebalaje. Y efectivamente, uno de ellos, Andrés, lo saludaba con un adorno plateado en la boca. Saltaba fuera del agua y se elevaba hasta bien alto. Seguía volando, golpeando en la superficie del mar de forma escandalosa... Opa, ese adorno de su amigo, visto de cerca parecía que le desgarraba la boca. Y él, no parecía saltar por voluntad propia, parecía más bien arrastrado por algo invisible. Algo, que lo llevaba contra su voluntad, hasta la rompiente de las espumantes olas de verano. Manolo acompañó de cerca la lucha y el forcejeo denodado de su amigo, con aquel horroroso pincho torcido que atravesaba su boca y ahora salía por una de sus agallas. Y vio como de repente, fue izado hacia el cielo por una de esas varas o cañaveras, que había plantadas en tierra. Uno de los hombres lo cogió con cariño en una de sus manos y le quitó el adorno mientras le decía a su cría, una niña linda y regordeta: “Ves, amor mío, y ahora le quitamos el anzuelito y el pececito va para la cestita...”

¡Qué bien! Manolo ya sabía dos cosas: Que el adorno se llamaba anzuelo y que a Andrés lo estarían curando dentro de la cestita. Esa gente parecía amable. El lo había visto con sus propios ojos, se encontraba muy cerca, a unos metros de ellos. Tan cerca que las olitas batían en sus espaldas, rítmicamente, hasta que.... ¡Chopp! Aquello fue un mini maremoto, un golpe ensordecedor que le dejó sin noción de espacio ni tiempo. Y de pronto todo era rojo. Rojo intenso. Rojo pasión. Rojo que te cojo. Rojo. Tardó un tiempo para recuperarse del susto y pensar. Y de pronto, seis ojos aparecieron a diez centímetros de su hociquito. El rojo no importaba y Manolo solo veía el azul del cielo, detrás de las cabezas de aquellos seres humanos que lo molestaban, intentando atraparlo con sus dedos. Él solo daba vueltas en círculo, en un círculo rojo. Y no tenía fuerzas para volar y perderse en aquel infinito azul de libertad. Los niños llevaron el cubito de plástico rojo para la hortera sombrilla de los domingueros y la mamá le dijo a su cría que era un héroe y que el pescadito era muy pequeñito, que mejor que lo dejaran vivo en el agua. Que era un pececito muy bonito. Que se lo enseñaran a su tío que estaba jugando al dominó en el chiringuito. Así lo hicieron los chavales, que corrían a enseñárselo a aquel tipo. El calor estaba calentando el agua demasiado, pero en el chiringuito se estaba fresquito. Allí la gente estaba tomando: Cuba-libres, tintos de verano, gin-tonics, tercios y cañas... remedios que por lo visto animan a estos seres humanos. Cuando el tipo miró a pececillo, con un purito humeante entre los labios y un bigote asqueroso manchado de salsa de tomate, el pez desfalleció. Y el fumador de puros sentenció: “Es un inmaduro, no vale la pena echarlo a la sartén, Manolo, Manolete....” Y el tío del purete, metía el dedote con un anillo, un sello, de oro en el dichoso cubito rojo de niño pestiño, dominguero. Manolo pensó en la hora:

¿Y como sabe el tío este, que me llamo Manolo? Y asomó la cabeza para ver que en el mostrador del bar de la playa había bandejas enteras de pescaditos, calamares y gambitas... adornados con limón, perejil, y unos números que acababan con una “E” de Europa, seguramente “E” de Euros.

Agggg que miedo, de nuevo un escalofrío le recorrió, el cuerpo, todos ellos, estaban muertos e iban a ser devorados... Estaban siendo devorados por aquellos bebedores de agüita amarilla. Manolo entró en coma. El rojo inundó su mente, su corazón. Por eso ni se dio cuenta que los niños cruzaron la calle y fueron a ver al papá, que estaba en el mercado comprando unos boquerones. “Mira mira papá se llama Manolo, nos lo ha dicho el tito” Y el padre analizó al moribundo, metiendo la mano dentro del cubo y subiendo a Manolo que suspiraba cansado. Uff es muy chiquitillo. Echarlo al agua para que crezca un poco más. Y diciendo esto Manolo abrió los ojos para ver un espectáculo dantesco. Era la banca de la pescadería “Delicias del Mar”. Era un canto al exterminio, al holocausto. Allí estaba toda su banda. Y todos los calamares y los pulpos y los otros peces. Con la mirada perdida en le infinito; con la boca abierta pero sin decir nada; con las agallas rojas como su cubo rojo. No pudo reconocer a nadie, porque la vista se le nubló, pero eran ellos. Y el vendedor gritaba: “ Vamos, vamos... Al pescadito fresquitoooooo, pescadito fresquitoooo”

Los niños siguiendo las instrucciones del padre hicieron una carrera hasta la playa. Cruzaron peligrosamente la calle, pasaron por el chiringuito, por la sombrilla hortera, por la arena ardiente, los traseros inmensos y las suecas pechugonas, por el bosque de cañas de pescar y aterrizaron en la espuma con el cubito rojo. Allí cogieron agua fresca del mar, violentamente y Manolo se encontró con un choque térmico, que lo despertó de su sueño de muerte. Después, los niños lo acariciaron y uno de ellos lo tomó con sus dos manecitas abiertas y un poco de esa agüita fresca y cariñosamente le dijo, mirándolo a los ojos: “Manolo, Manolete, vete y ponte gordito, para que otro día te pueda pescar y comer. Que a mi mamá y a mí, nos gustan mucho los pescaditos fritos...” Y con estas palabras los niños se adentraron unos pasos en el viejo mar. Chapotearon y soltaron con cuidado a Manolo. Él no se lo creía, pero poco a poco vio más lejos a aquel odioso cubo de plástico, rojo, y la caras de traviesos aprendices de asesinos, devoradores de pescaditos... Y Manolo salió a mil por hora hacia cualquier lugar que estuviese lejos de allí. Quien sabe, quizás fuese hora de buscar una novia y de tener prole. Pero eso sí, él lo prometió, estaría siempre junto a sus pescaditos.


                                                                                              J. Carlos Grey




Um comentário:

Juan-Carlos disse...

Poz, a mí me guzta...!!